Finca Buena Vista, cerveza “Me echó la Burra” y casa de campo “La Vaca Tranquila”.

Salta es una ciudad llena de rincones insospechados…y de sorpresas que te esperan a la vuelta de la esquina si les das la oportunidad de encontrarte. Y nosotros andando y andando, en esas caminatas que surgen de la avidez de absorber un poco de cultura, visitamos la Feria De Artesanías Alimenticias y Productos Locales en el Mercado Artesanal. Al entrar, un cartel muy particular nos dio la bienvenida: “Me Echó La Burra”. Claro que la curiosidad nos llevó a descubrir rápidamente que se trataba del nombre de una cerveza. Y casi sin proponérnoslo, teníamos un nuevo destino: visitar el lugar de su elaboración.

La estancia “Buena Vista”, que es donde se elabora la cerveza “Me Echo La Burra”, se encuentra en el pueblo de San Carlos, a 212 Km. de la capital salteña. Y hacia allí emprendimos el viaje. Para llegar debíamos pasar primero por la localidad de Cafayate y luego encaminarnos hacia el pueblo propiamente dicho. Las primeras luces del día ya presagiaban un clima espléndido. El cielo claro, un sol tibio y el viento que en el trayecto nos iba mostrando su carácter hacían juego con los pliegues de las elevaciones que por tramos nos rodeaban.

El mediodía ya avanzaba por las calles de Cafayate cuando llegamos. Nada más placentero que respirar el aroma de un lugar rodeado de viñas y bodegas. Pero para encontrar “Buena Vista” aún faltaban otros 22 Km. San Carlos esperó un poco más. Y por fin…ahí estábamos. Parecía que todos se habían ido. Nadie en las calles. Puertas cerradas…silencio. Sólo algún que otro lugar abierto para comer alrededor de la plaza y más silencio. De pronto sin sospechar de dónde habían salido, un grupo de jóvenes se divertía sacándose fotos en el medio de la calle. Las mesas de los pocos comedores observaban el panorama a la espera de algún comensal. Unos mates no vendrían nada mal, pensamos, y nos sentamos en la plaza con la calma que ya se nos había pegado al cuerpo. Y más tarde, retomamos el paso.

‘Disculpe, ¿a qué distancia queda la estancia Buena Vista?’, preguntamos a un paisano del lugar.
‘Y…vaya por éste camino de tierra como una cuadra y media y doble a la derecha. Ahí va encontrá la finca. Pase nomá.’

¿Una cuadra y media?, Creímos que era un decir… Una cuadra y media para nosotros podía ser mucho más para un vecino del campo! Pero no. Llegamos enseguida y otra vez el cartel particular “Me Echó La Burra”, acompañado de otro bastante curioso: “La Vaca Tranquila”.
Una vez más el silencio fue el primero en salir a recibirnos, y a su lado el olor a campo revoloteaba en el aire. Los corrales aún vacíos, los pellones colgados como esperando para retomar los quehaceres…Era la calma que deviene luego de una mañana ajetreada. Nosotros seguimos caminando, internándonos cada vez más en la intimidad del lugar. De pronto una joven de trenzas largas barría presurosa la galería de su casa. Escondida bajo su sombrerito casi no notó nuestra presencia.

‘Buenas tardes. ¿El señor Alain se encuentra?
‘Sí, sí, respondió, y nos guió hacia la casa del patrón.

Don Alaín

Don Alain, hombre de buen porte, esbelto, de andar tranquilo y mirada azul, vino de Bélgica para asentar sus sueños en nuestro valle calchaquí. Atraído por la fama de salta se instaló en esta finca cinco años atrás con Anne, su esposa. Las puertas de la casa se abrieron y con ellas un poco de sus vidas. Cientos de libros cubrían una pared, esculturas africanas rodeaban la sala de estar, un pequeño bar ostentaba ejemplares de “Me Echó La Burra” y a un costado el hogar encendido templaba el lugar. Bélgica, un poco de África y algo de Nueva Caledonia impregnaban el ambiente.

Contrario a lo que suponíamos, fue “La Vaca Tranquila” y no la burra la que comenzó esta historia. Al momento de la compra la finca contaba con 8 vacas y cultivos de alfa, pimiento, cebolla y ajo. La excelente ubicación la bautizó “Buena Vista” y el primer cometido fue la remodelación de la vivienda ya existente y construir el hotel que luego darían a llamar “La Vaca Tranquila.”.Cuando le preguntamos a Alain cómo surge éste nombre nos contó que ‘…en Bélgica hay un queso que se llama “La Vaca Que Ríe”…y cuando presionaba a los obreros para que trabajaran me decían: ’tranquilo…tranquilo…’. El nombre surge un poco de esa combinación.’
Hoy la vida en este apacible oasis de 110 ha. se reparte entre el cultivo de alfa, pimentón y comino; la cría de vacas de ordeñe; la elaboración de quesillo y quesos regionales, yogurt, dulce y pan, y la venta de leche en el pueblo a cargo de Saturnina, la joven de trenzas que nos recibió.

Cerveza “Me echó la Burra”

En la temporada mas concurrida –enero, febrero, pascuas y julio – “La Vaca Tranquila” prepara sus seis habitaciones de singular atractivo, y la calma y el relax son una atención de la misma naturaleza. El desayuno casero lo prepara Anne, y está listo con la primera brisa de la mañana. Más tarde, si el calor pretende imponerse, “Me Echó La Burra”, lejos de echar a nadie, invita a bajar la temperatura con un trago de cerveza típicamente belga.

Con ingredientes traídos de Europa y sólo algo de cebada argentina se elabora hace tres años esta cerveza artesanal fuerte, con cuerpo y carácter. Según sus particularidades son también los nombres de las distintas propuestas que la identifican. La “San Lunes” es la cerveza más fuerte, con 11 grados de alcohol y por el nombre puede culparse a los obreros que solían ausentarse a su lugar de trabajo justamente el lunes luego de haber salido de copas el domingo. Por el contrario “La Pecadora” es la más suave y femenina, hecha a base de frutas como la algarroba y con solo 5 grados. En el camino entre una y otra paseamos por “La Roja”, “La Rubia”, “La Negra”, y “La Blanca”.Un coqueteo entre sabores alemanes, irlandeses y por supuesto belgas, que seducen y cautivan.

Indudablemente el que se acerca a la estancia “Buena Vista” sabe muy bien lo que quiere. Un hotel que ha sabido mimetizarse con las características geográficas y arquitectónicas del lugar sin dejar de lado la identidad de sus propietarios.

Una estancia que alberga la mano de obra y el regionalismo de paisanos del lugar y una cerveza que ha elegido San Carlos como asiento para reposar sus encantos europeos. Un verdadero vergel…toda una mixtura de semblantes que comparten el mismo horizonte: Los Valles Calchaquíes.

Nota: Maby Pastrana
Redacción y Fotos: Ariela Cesarotto

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